Los retos educativos en Bolivia a la luz de PISA 2025
Las pruebas PISA 2025 han traído a la superficie una realidad preocupante: el rendimiento promedio de los estudiantes bolivianos ha alcanzado su punto más bajo desde que la OCDE comenzó a realizar estas evaluaciones. Más de 760.000 jóvenes de 15 años de 91 naciones participaron en esta prueba que no solo mide el conocimiento, sino también la capacidad de aplicar lo aprendido en situaciones reales.
PISA se lleva a cabo cada tres años, evaluando competencias en áreas fundamentales como ciencias, lectura y matemáticas. Este examen no se enfoca en la memorización, sino en la habilidad de los estudiantes para interpretar información, razonar y resolver problemas. En su edición de 2025, se incluyeron también evaluaciones sobre resolución computacional de problemas y habilidades relacionadas con la curiosidad y el uso de la inteligencia artificial.
Los mayores descensos en los resultados han sido en lectura y matemáticas. Expertos indican que la comprensión lectora es esencial para el aprendizaje en cualquier área; sin esta habilidad, los estudiantes enfrentan serias dificultades en análisis, interpretación y resolución de problemas. La falta de competencias matemáticas, por otro lado, se traduce en problemas para relacionar datos y formular estrategias efectivas.
Aunque algunos atribuyen esta caída a las secuelas de la pandemia, es importante señalar que el descenso comenzó antes de 2020. Factores como el uso excesivo de pantallas, la disminución del hábito de lectura y una relación débil con las instituciones educativas han contribuido a este problema. La inteligencia artificial puede enriquecer el aprendizaje, pero si reemplaza el esfuerzo personal, termina empobreciendo la educación.
La tecnología en sí misma no es la causa del fracaso educativo. Países como Singapur, que cuentan con buenos resultados en PISA, también están inmersos en la digitalización. La diferencia está en la calidad de las políticas educativas, la formación de los docentes y las expectativas respecto a los estudiantes. En lugares donde la educación es prioridad de Estado, la tecnología se utiliza como herramienta y no como excusa.
En Bolivia, la discusión sobre la calidad educativa es escasa. Temas como salarios de docentes y horarios predominan en la agenda, mientras que la esencia de la educación, que es el aprendizaje efectivo de los estudiantes, queda relegada. Sin evaluaciones comparables y transparentes, el debate se basa en percepciones y no en evidencias concretas.
A pesar de varios intentos de reforma educativa, ninguno ha logrado establecerse como un proyecto nacional sólido. La Ley Avelino Siñani-Elizardo Pérez, por ejemplo, ha profundizado la ideologización en el sistema educativo. Cuando el currículo se orienta hacia una visión política en vez de formar ciudadanos críticos, se corre el riesgo de convertir la escuela en un espacio de adoctrinamiento.
Los más afectados por esta situación son aquellos niños y jóvenes que provienen de familias que no pueden suplir las carencias del sistema escolar. Una educación deficiente perpetúa desigualdades y limita oportunidades laborales, lo que a su vez condena al país a una economía de baja productividad.
Para enfrentar esta crisis educativa, es fundamental aceptar la necesidad de evaluaciones externas y participar en pruebas como PISA. Es esencial establecer metas claras, fortalecer la formación docente y utilizar la tecnología de manera adecuada, garantizando que los cambios trasciendan más allá de los ciclos políticos. La mejora en la educación es clave para el desarrollo sostenible del país, que debe centrarse en las capacidades y libertades de las personas.